Saludos muchachada!
Un cartel moribundo aguanta los flecos de tiempos mejores, faldas desgrarradas que anunciaron en su momento alguna película de la que hoy apenas se habla, bailando con descarada vejez sobre la última pared de un cine de barrio, que conoció la gloria en sueños que son el polvo de hoy.
Casi nadie recuerda haber visto la película, pero sin embargo, ay, su alterego, ese muñeco de plastico y desilusión, aun se vende por doquier en las esquinas de cualquier jugueteria, hijos de un merchandising que prostituye las ideas y las encierra en un packaging vistoso al grito de cámbiala de ropa, peinado y comprueba tu mismo o tu misma, que le hemos censurado las partes impúdicas.

Fijaos bien, hay hasta condones. Ah no, que son chapas...
Ya no se acuerdan de donde salía, sólo recuerdan que la caja registradora es la nueva banda sonora de la película que la lanzó a la fama. Ahora vende kleenex, paraguas, perfumes, galletas, y en algun punto del camino debió preguntarse que estaba haciendo, de no ser porque el remordimiento se lo borraron con goma milán, dibujando una perpetua sonrisa que se hacía marca de la casa registrada, patentada y rentable.
No hace falta irse muy lejos para adivinar de qué estoy hablando, aunque si bien es cierto que siempre ha existido una relación directa entre los dibujos animados y el merchandising, el salvajismo que alcanza en estas décadas hace patente que viven de las rentas de lo que una vez fueron. Hoy son un estuche, una mochila o una carpeta, ayer fueron un dibujo, un boceto o una película.
A veces incluso parece que una nueva producción se piensa como la posible renovación de las heroinas que decoran la sección de perfumes, en afán de hacer reconocible el recuerdo aun existente de los últimos fotogramas en la retina de sus posibles compradores.
Pero acepto que se juegue con el consumidor a pervertir los protagonistas animados de los Sábados por la mañana, siempre que se rigan por el valor en lo que se transforman. Si se pone a la venta un peluche de, por poner un ejemplo, Winnie The Pooh, nadie lavanta los brazos y se horroriza clamando al cielo, porque se juega dentro de unos límites aceptados e incluso se podría decir que saludables.

Hasta la princesas se suenan los mocos con estilo.
Pero…. ¿y si probamos a ir un paso más allá? ¿Y sin en vez de ser un mero muñeco de felpa, lo que haces es usarlo de títeres lisonjeros que danzan entre colores epilépticos sobre un producto que poco, o directamente, nada en absoluto concierne a lo que representan?
Es entonces cuando la endeble línea que separa la moral vendida de la moral estafada se disuelve, y hablamos directamente de mera prostitución, de esquinas con farolillo rojo, de neones tartamudos de luces verdes, azules y amarillas con el título de la última película de éxito . Que personajes de moda en la televisión figuren junto al plátano del sabor de un yogur, no es otra cosa que inmoral venta de ilusiones de cartón, o más bien, de cartoon.
Se da el caso extremo de que la venta de productos relacionados con el origen, empotra contra las sombras la serie que los diera a conocer, dejando como anónimo el mero hecho de que una vez fueran dibujos animados. Pucca es el máximo exponente de este vampirismo comercial, donde todos conocen al personaje por su ejercito irreductible de bolsos, cosméticos y demás parafernalia de tocador, pero pocos reconocen que hay una leyenda que jura y afirma, que en verdad Pucca y el resto personajes eran protagonistas de una serie hecha en flash.

Lluvia de dinero, digo, de albóndigas.
Por otro lado, tenemos el efecto contrario, a sabiendas que la televisión es de autoridad paternal incuestionable, se crean series de animación con la firme intención de bombardear en los anuncios con imágenes de los juguetes de su serie favorita, sea cual sea, convirtiendo el capricho en necesidad y la voluntad en un genuflexo peón al servicio del vil metal. Hay series que son anuncios de veinte minutos.
Y el marketing feroz no se sacia con reclamar para sí los yogures, las bebidas, o incluso los cereales…¿Por qué detenerse ahí cuando hay todo un campo en el supermercado por explotar? Tal es el caso, que con el estreno de Lluvia de Albóndigas, podias ver en la sección de carnicería a los protagonistas de tan entrañable película vendiéndose por un puñado de carne picada.
Algunas princesas Disney se atreven incluso a limpiarte los mocos en sus ultrasuaves kleenex, donde Wally, con su afan de limpieza, se ofrece tambien voluntarioso que dejes el dedo para menesteres más públicos, junto al héroe redentor convertido en tapón de una botella de champú, o la silueta de un emporio con orejas de ratón en hamburguesas de dudosa procedencia. Pero el colmo, la gota rebasó la vergüenza ajena, que saltó furtivamente los límites del decoro dejándose la moral deshilachada en la almanbrada, fue… bueno, será mejor que lo veais vosotros mismos:

Scooby nunca dio tanto miedo....nunca
Quién os ha visto y quién os vuelve a ver, con los mismos ojos es imposible, os lo aseguro. Y cuando alguien me pregunte, Scooby Dooby Doo dónde estas tú, bajaré la cabeza hasta los tobillos, subiré los hombros hasta las orejas, y en un resoplido ininteligible para no ofender mi recuerdo, diré: No lo quieras saber.
Hasta otra, zagales!
Fa-Kun
Siempre Dibujando

Fa-Kun

Fa-Kun
Fa-Kun
Fa-Kun
Fa-Kun
explícita, y algún que otro psicotrópico desangelado.
Fa-Kun
Fa-Kun
